Acerca de la mesa que sostiene la comida
Describo todo lo que puedo percibir, intento ordenarlo, darle un lugar, allá en el mundo y en mí: letanías, hombres robustos con camisas blancas, formas redondas de color azul, deformaciones, palabras que fueron pronunciadas de forma diferente, nuevo gris del cielo. Describí a las personas del bus de las 7.00 AM: diecisiete mujeres, trece hombres, dos niñas, cada uno con sus gestos, sus zapatos. La esquina de la casa rosa con bugambilias donde hay un perro con un juguete de color rojo en el hocico. El señor de la tienda que barre la acera y usa un gorro ridículo de navidad en agosto. Quise incluir recuerdos o ideas del pasado pero no hay memoria, al final opté por describir y hablar sobre las ventanas, de cómo se crearon para ver.
En la noche describí mi cuerpo, veinte dedos, lunar en la espalda, orejas un poco rojas, ojos aún oscuros, cabello un poco más largo, los dolores habituales y las mismas cicatrices. Soy yo. Conté los libros y están dispuestos: blanco, blanco, café, rojo, azul, blanco, negro. Suena una olla en el fogón, un par de televisores y ambulancias. El olor terroso de la cúrcuma se acentúa con el calor y la luna llena.
La imagen se presenta como una alucinación, natural y santa. Los cuerpos, incluso los inertes, son límites inquebrantables. Solo los insectos tienen hambre y beben fruta podrida durante el verano. Los sonidos se enredan a mis ruidos biológicos y no logro conocer sus orígenes. Las nubes caen, no se deslizan. ¿cómo hablar acerca del rumor de esta hora? Todo se arrastra.
No existe forma en la que pueda entrar. No existe forma en la que pueda memorizar o cuidar. El cuerpo inútil. El cuerpo incapaz. El cuerpo desbordado. Susurro y anoto lo ínfimo, cada detalle, sea alucinación o no, sea dolor o no, me pertenezca o no. Este registro descriptivo me permite reconocer las simulaciones, los objetos puestos y los vaticinios que susurra el enfermo desde la casa del frente. Escribí sobre el jarrón de barro que alguien puso a mitad de la cama y contenía todos los ríos con sus millones de muertos; las estrepitosas corrientes de agua por tres largas noches. Escribí también sobre los días de lluvia y sobre una mujer que caminaba un sábado en la tarde.
La mesa vieja que sostiene el plato de lentejas humeante a la altura de mi ojos es mi vínculo con lo real. Yo sé que no eres real y solo has llegado para servirme el café con su cuncho maldito en donde leerás mi mala suerte. Yo sé que no eres real, pero estás desenterrando mis árboles. Yo sé que no eres real y vienes a dormir conmigo.