Kali
Desperté con la certeza de estar pidiendo asilo en Polonia. Me soñé buscando documentos, firmando algunos otros en varias oficinas, hablando con personas a las cuales nunca les vi el rostro, solo los zapatos brillantes sobre el suelo de baldosas perfectamente cuadradas, conté las baldosas y llegué hasta 44. No me gustan los números pares, la pesadilla.
Días atrás, en un café que olía a yerbabuena, un amigo (más de una década de amistad pero a quien no veía hace varios años) mencionó lo largo que tenía mi cabello y lo “negrísimo” que aún seguía, le mostré mis canas. Él me conoció con mi cabello corto, siempre lo llevé corto, de hecho, la primera vez que me vio yo no tenía cabello, tenía 17 años y había decidido pasar un máquina eléctrica sobre mi cabeza. Yo a él lo conocí con el cabello corto, con piel muy blanca y con una risa igual de escandalosa a la mía. Ahora, él lleva el cabello largo, sobre sus hombros, es rizado, ondas sinuosas de color castaño que caen y lo adornan.
S. me dijo que tres años atrás optó por dejarse crecer el cabello y que ahora se sentía poderoso, rebelde, “la marica más portentosa del mundo” dijo entre una caracajada demencial y coqueta. Entonces, S. se transformó en Kali, y lo vi adornado con cabezas, pequeños brazos atados a su cintura sobre su pantalón de oficina color café, lo vi con sus rizos castaños despeinados y poseídos. S. se volvió sagrado y rabioso. “Se me apareció la diosa Kali” me repetía, mientras la luz de una bombilla se filtraba por ocasiones entre aquel matorral castaño y rizado.
Pienso en el milagro, en las maldiciones, en la aparición de Kali. Kali no tiene olores aromáticos, aunque podría oler a yerbabuena, o ese ser el aroma que antecede su aparición. Kali huele a sangre, a menstruación y tiene la luz y la rabia en el cabello. Se me apareció Kali en un café para hablarme de la muerte, para recordarme la santa rabia, para susurrarme entre risas máximas políticas. Kali me hizo notar que no corto mi cabello desde la muerte de mi madre. La visita de Kali me hizo concluir que mi cabello es mi unión sagrada con la muerte y por ende, mi símbolo de amor con mis muertos, con las únicas mujeres que me han trenzado. Yo aromatizo a la muerte con romero y argan. Yo adorno a la muerte con flores tejidas de color rojo y púrpura, con lazos de seda gris, con pequeñas piezas de metal. Yo lavo a la muerte con tierra y las mieles de la zingiber. Yo le hago mimos a la muerte, la cuido del sol en días calurosos y la dejo libre bajo el rocío y la lluvia porque sé que ama la humedad. Yo dejo que la muerte se agite al ritmo del sexo cuando estoy sobre un hombre. Yo cultivo a la muerte, negra y aromática, sobre mí. Qué hermosa la muerte. La inmensa divinidad que trae la muerte.