Monstruos
M. se convirtió en un monstruo. ¿Cómo imaginar que eso podría ocurrir? Pasó. Está babeando melaza con el rostro desfigurado y los ojos muy pequeños por la inflamación de las venas y las arterias que rodean los ojos. El objetivo del día consiste en permanecer sentada e ignorar el venado sanguinolento que se pudre bajo la silla, las patas delgadas con cascos negros se extienden rígidas debajo de la mesa, no te atreves a agacharte para ver el rostro del animal, lo adivinas… algo congestionado y probablemente con la quijada desviada por un golpe. Más allá del plato está la rueda de la fortuna, el bullicio de los meseros. Luego, te sorprendes moviéndote entre callejones diminutos y demasiado iluminados, te mueves a través de ellos con mucha agilidad, como si los conocieras de siempre, y descubres, mientras el ruido de muchas lenguas te ensordece, que estás siguiendo a alguien y te mira de reojo a cada momento. M. vomita desde una ventana, lanza esputo y pareciera querer maldecirte. Reconoces la transfiguración perniciosa de M., ella habla desde su monstruosidad y cuando intentas adivinar sus palabras, las cuales resuenan en tu cuerpo como un nuevo corazón que late a diferente ritmo, solo hay un gran hocico humano con inmensos dientes. Corres hacia la nieve mientras gritas que es el camino correcto y percibes, sin decirle a nadie, que la pequeña casa de madera desapareció. Corres entre la nieve e intentas llegar a la playa. Decides permanecer de pie y observas como tus pies se ponen púrpuras, el color asciende desde las uñas, del púrpura pasa al negro. Permaneces de pie porque te fascina la idea de aprender a reptar e ingresar al mar helado siendo una inmensa serpiente negra.