Passiflora
F. intentaba retener en sus oídos el sonido de los árboles que se mecían a lo lejos. El viento cruzaba sobre los tejados y en menos de 1 minuto, pero más de 25 segundos, las cortinas de la casa se elevaban. La luz entraba y los cuartos se hacían blancos, los objetos desaparecían. Son los juegos de F. contar cuánto tardan el viento y la luz una tarde de sábado.
Aquel día, justo cuando un rayo de luz le llegó al dedo índice de la mano derecha, percibió un olor amargo, avinagrado, similar a fruta en descomposición, azúcares podridos. Recordó los pavos, los loros, las gallinas, la inmensa variedad de aves que vivían en un patio a la sombra de un roble; los recordó porque el suelo siempre estaba cubierto de frutas y los emplumados se paseaban picoteando duraznos, papayas, mangos, hasta que éstas se deshacían sobre la tierra. Aquel particular olor a tierra, aleteo y fruta podrida le había quedado en la memoria. Por supuesto, también el increíble cambio morfológico de las frutas: sus colores, sus formas, del amarillo al café, del rojo al negro, la inflamación que deformaba la perfecta redondez o el perfecto equilibrio de sus cuerpos. F. podía vivir con ese olor. F. se durmió recordando los amarillos y los rojos del mango, también, el sonido del picoteo sobre la papaya.
Abrió los ojos de golpe porque algo chocó contra la ventana, cuando se asomó pudo ver una paloma, cayó sobre la canaleta con el cuello quebrado. F. logró sacarla con un artilugio diseñado a partir de palos y telas; por el camino la dejó cerca a un tronco rodeado de varios centímetros de hojarasca. Frente al desayuno, en el restaurante de siempre -donde lo habitual era que los manteles fueran rosas o azules y a las 6 de la mañana la luz estaba baja y escalaba por una esquina de la calle, la luz subía lento y solo iluminaba las piernas, los zapatos, los pantalones, las rodillas de los comensales y el café humeaba y las decenas de pares de ojos cansados caían sobre las tazas, sobre los cubiertos o se dirigían al ventanal esperando a alguien amado y desaparecido- percibió la mesa levemente inclinada hacia atrás y la izquierda, por ese motivo el café, el plato y el pan hacían una forma irregular y extraña sobre el mantel arrugado y manchado. Las mesas, los rostros, las piernas y los ojos se inclinaron, de repente, hacia atrás en perfecta armonía. Todo estaba inclinado y la lluvia perenne de esta ciudad inició entre el ruidajo cotidiano de los pesares y las noticias políticas. F. salió de allí siendo víctima de aquella inclinación y con el leve aroma a podrido que persistía desde ayer.
Tercera vez que se lavaba las manos y el rostro, incluso el cuello, fue la paloma muerta con borbotones de sangre del pico o sus pensamientos sobre las frutas, pero el olor a azúcar podrido y aleteo permanecía. Se vió al espejo, cabeza inclinada. Ingresó a su oficina inclinada y cada cierto tiempo debía acomodar su cuerpo debido a la inclinación del mundo. M. cruzó frente a la oficina en una silla de ruedas y sostuvo la mirada en el rostro de F., le llamó desde el silencio y le dijo que había enfermado de angustia y debía prepararse para una incapacidad porque sus intestinos no funcionaban por el miedo, y además, el hígado no metabolizaba a la 1 de la tarde y a esa hora comía, solo a esa hora. M. se despidió en silencio, desde su silla inclinada y vieja.
Durante el trayecto en el transporte público -repleto de personas húmedas por la lluvia, personas que esperan, personas que duermen, personas feas, personas amargas y personas con hambre- F. se quitó su abrigo, húmedo y mucho más pesado, entonces, el aroma a podredumbre dulce se elevó desde alguna parte del cuerpo. F. -quien ha estado luchando con la inclinación- supo que era su aroma, su cuerpo emanaba el olor a azúcar podrido, aleteo y tierra; era probable que su pensamiento, su recuerdo hubiese puesto ese olor en su piel o algún órgano. F. consideró necesario erradicarlo, o al menos, disimularlo para sí misma; decidió bajar del transporte y caminar sin abrigo.
Atravesando el parque, embriagada por el vinagre dulce, sintió una punzada aguda y dolorosa en el abdomen. F. se agachó, desde el impulso animal, dispuesta a parir como sus antepasadas, acurrucada y sin queja. Puso sus manos frías y aromáticas entre las piernas y emergieron miles de lombrices cubiertas de barro. El mundo hizo el último movimiento para alcanzar la inclinación ideal, y F. -en su lucha postural atravesada por el dolor de parir un alúd- se dobló hacia atrás como una rama joven y verde, y las raíces retorcidas de una passiflora desgarraron sus músculos y sus órganos de forma violenta y vertiginosa para quedar arraigadas al suelo.