Tres imágenes

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Cerró los ojos mientras las nubes parecían, finalmente, alcanzar la quietud. Los cerró con fuerza, con la intención de obligarse a caer en el sueño. El cuerpo extendido sobre la tierra dispuesto a dormir o morir, el cuerpo perfecto en la horizontalidad. Cerró los ojos y pensó, sintió hambre; el ruido sordo de los milpiés escarbando la tierra y el abdomen. El ruido sordo de los intestinos. El ruido del sauce llorón. Luego, las nubes se agolparon y cayeron en fragmentos sólidos sobre las casas y los árboles. Entonces, cerró los ojos con aún más fuerza, un gesto violento, para dejar de ver.

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Te despiertas entre susurros, supones una oración infantil. El sol se extiende por el firmamento, un cielo de fuego. A un costado está la anciana inmensa y desnuda bañada en sal, danzante. Ella por fin te encontró, después de décadas y miles de apariciones ridículas y advertencias absurdas de quien te habla desde la otra ventana. Ahora estás huérfana y lo único que aprendiste, a pesar de los años, es a caminar y a extrañar la lluvia.

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Te escribo con el propósito de informar que por fin obtuve otro rostro. Ahora no sé quién soy. Por lo tanto, decidí que dormiré a las once de la noche y soñaré con hombres los domingos. También, que he estado rogando por otra animalidad que pueda temblar en la copa de los árboles, me cansé del deseo, de los mismos tonos de azul, de mi cuerpo inquieto y de las extensas noches. Te escribo para que incendies o destruyas mis lugares y borres mi nombre de todas las listas mientras explicas que no existo.